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Gestión de activos y pasivos (ALM): cómo casa una aseguradora sus inversiones con sus compromisos

Duración, convexidad y calce de flujos: cómo alinea una aseguradora sus inversiones con las promesas que ya firmó.

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Publicado el 7 de septiembre de 2026 · por Act. Francisco Javier Ruiz de la Peña Olea

Una aseguradora de vida que vende una renta vitalicia promete pagar cada mes durante décadas. Un fondo de pensiones se compromete con jubilaciones que se liquidarán en 2050. Una compañía de daños, en cambio, sabe que la mayor parte de sus siniestros se pagará en dos o tres años. En los tres casos existe una cartera de inversiones del otro lado del balance, y la pregunta técnica es siempre la misma: ¿están esos activos alineados con esos compromisos? Responderla es el trabajo de la gestión de activos y pasivos, conocida por sus siglas en inglés como ALM (asset-liability management).

El ALM es una de las áreas donde la formación actuarial resulta más difícil de sustituir, porque exige entender simultáneamente dos lenguajes: el de las obligaciones contingentes, que dependen de mortalidad, morbilidad, caducidad y siniestralidad, y el de los mercados financieros, que dependen de tasas, crédito, divisas e inflación. La SOA publicó en 2025 un reporte para practicantes de ALM y en enero de 2026 un artículo sobre cómo ha evolucionado la disciplina entre la crisis financiera y el entorno posterior a la pandemia; la IAA dedica un capítulo completo de su Risk Book a las técnicas de ALM. No es un tema nuevo, pero vuelve al centro cada vez que las tasas se mueven de forma abrupta.

El problema en su forma más simple

Un pasivo de seguros es una promesa de pagos futuros. Su valor presente depende de la tasa con la que se descuenta. Un bono también vale hoy el valor presente de sus cupones y su principal, descontados a una tasa. Si las tasas suben, ambos valores caen; si bajan, ambos suben. El riesgo no está en el movimiento en sí, sino en que activos y pasivos no reaccionen igual.

Imagine una aseguradora con pasivos de duración larga, digamos quince años, respaldados por bonos de duración cinco. Si las tasas bajan un punto porcentual, el valor de los pasivos crece mucho más que el de los activos y el capital se erosiona sin que haya ocurrido un solo siniestro adicional. El fenómeno inverso ocurre con pasivos cortos financiados con activos largos. Durante el episodio de tasas muy bajas en Europa y Japón, varias aseguradoras de vida comprobaron que sus garantías de rendimiento eran un pasivo mucho más sensible de lo que parecía.

Duración y convexidad

La herramienta clásica para medir esa sensibilidad es la duración: cuánto cambia el valor de un flujo ante un movimiento pequeño y paralelo de la curva de tasas. Igualar la duración de activos y pasivos es el primer nivel de protección, la llamada inmunización en el sentido de Redington. La convexidad añade el segundo orden: dos carteras con la misma duración pueden comportarse distinto ante movimientos grandes, y la que tenga mayor convexidad se defiende mejor en ambos sentidos.

Conviene ser honesto sobre los límites del método. El calce de duración protege frente a desplazamientos paralelos de la curva, pero no frente a cambios de pendiente o de curvatura, ni frente a movimientos muy grandes, ni frente a diferencias de calidad crediticia. Un artículo del boletín conjunto de gestión de riesgos de la SOA lo plantea sin rodeos: como estrategia única de gestión de riesgo, el calce de duración se queda corto. Es un punto de partida, no una garantía.

Del calce de duración al calce de flujos

Cuando los compromisos son muy predecibles, como los pagos de una cartera de rentas vitalicias en curso, la técnica más robusta no es igualar duraciones sino calzar flujos de efectivo: construir una cartera cuyos cupones y vencimientos reproduzcan, año por año, el perfil de pagos esperado. Es más caro y menos flexible, pero elimina la necesidad de reinvertir a tasas desconocidas.

Entre ambos extremos existe un abanico de estrategias que el actuario evalúa según la naturaleza del negocio:

Lo que complica el problema real

Si los pasivos fueran flujos ciertos, el ALM sería un ejercicio de matemática financiera. La dificultad viene de que casi nunca lo son.

Opcionalidad del asegurado

Muchos contratos incluyen opciones a favor del cliente: rescates anticipados, conversión a renta a una tasa garantizada, primas flexibles. El asegurado tiende a ejercerlas justo cuando más le conviene a él y menos a la aseguradora. Si las tasas suben, los rescates se aceleran y obligan a vender activos con minusvalía; si bajan, las garantías de rendimiento se vuelven costosas. Modelar ese comportamiento dinámico es tan importante como modelar la mortalidad.

Inflación y riesgo real

Una pensión indexada no es un pasivo nominal. Descontarla con tasas nominales y respaldarla con bonos nominales deja una exposición abierta a la inflación que solo se hace visible cuando el índice se dispara. El punto es especialmente relevante en Latinoamérica, donde la memoria inflacionaria es larga y los mercados de instrumentos reales de plazo muy largo siguen siendo poco profundos.

Liquidez y eventos catastróficos

En seguros de daños el reto no es tanto la duración como la incertidumbre en el momento del pago. Un sismo o un huracán puede exigir liquidez masiva en semanas. Por eso el ALM de una compañía de daños se parece más a una gestión de tesorería con colchones de liquidez y coberturas de reaseguro que a una inmunización de plazo largo. Es un tema recurrente en el trabajo de la CAS sobre calce de activos y pasivos en el ramo de daños.

Riesgo de crédito y de reinversión

Alargar duración suele implicar aceptar más riesgo de crédito o menor liquidez. Un calce perfecto en duración logrado con un portafolio de peor calidad crediticia no es realmente un calce: es cambiar riesgo de tasa por riesgo de impago.

Cómo se mide hoy

La práctica moderna ya no se apoya en una sola métrica. Lo habitual es combinar sensibilidades de duración y convexidad con pruebas de estrés y escenarios sobre la curva de tasas, spreads de crédito, inflación y caducidad, y con proyecciones estocásticas del balance que muestran la distribución del capital disponible a varios años.

Ese trabajo no vive aislado: alimenta directamente el cálculo del requerimiento de capital y el ejercicio de autoevaluación de riesgos y solvencia. Quien haya leído sobre capital de solvencia y ORSA reconocerá aquí el mismo aparato analítico aplicado al lado financiero del balance. Con NIIF 17, además, el desacople entre la tasa de descuento del pasivo y la valuación de los activos se refleja en el estado de resultados, lo que ha vuelto el ALM una conversación permanente entre las áreas actuarial, de inversiones y de reporte financiero.

Por qué conviene mirarlo desde temprano

El ALM es una de las puertas más naturales entre la actuaría tradicional y el mundo de las inversiones. Exige dominar valuación de pasivos, matemática financiera, teoría de tasas de interés y gestión de riesgos, un conjunto que aparece tanto en el temario de la SOA como en la agenda de la CCA para el lado de pensiones y beneficios. Para el actuario que además se forma en análisis de inversiones, es un terreno donde la combinación de credenciales se paga sola.

Y hay una razón de fondo. El pasivo de seguros y de pensiones es, en el mejor de los casos, una estimación. Invertir contra una estimación exige criterio, no solo optimización. Ahí es donde el juicio actuarial sigue siendo difícil de reemplazar.

Para seguir: cómo se convierte un saldo en pagos de por vida en decumulación, el reto de vivir más del lado del pasivo, y las tablas de mortalidad que sostienen esas proyecciones.

Fuentes

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