Ahorrar para el retiro fue el reto del siglo pasado. Convertir ese ahorro en un ingreso que dure lo que dure la vida es el problema actuarial de esta década.
Publicado el 2 de septiembre de 2026 · por Act. Francisco Javier Ruiz de la Peña Olea
Durante décadas, la conversación sobre el retiro giró alrededor de una sola pregunta: cuánto hay que ahorrar. Los sistemas de contribución definida, como las Afores en México, resolvieron con relativa eficacia la fase de acumulación: se define una aportación, se invierte y se acumula un saldo. Pero cuando la persona cumple 65 años aparece un problema mucho más difícil y bastante menos estudiado: cómo convertir ese saldo en un ingreso que dure exactamente lo que dure la vida, sin saber cuánto durará.
A esa segunda fase se le llama decumulación, y hoy ocupa buena parte de la agenda de investigación de la Society of Actuaries (SOA), de la Conference of Consulting Actuaries (CCA) y de la sección de pensiones (PBSS) de la International Actuarial Association (IAA). En 2026 la SOA publicó dos reportes dedicados a los productos de ingreso vitalicio mancomunado, y la American Academy of Actuaries dedicó un issue brief a las estrategias de pago en planes de contribución definida. Este artículo resume qué es la decumulación, por qué es un problema actuarial de primer orden y qué opciones existen, con la mirada puesta en México y Latinoamérica.
En la acumulación, el horizonte es largo y el objetivo es claro: maximizar el saldo con un nivel de riesgo tolerable. En la decumulación, el retirado enfrenta simultáneamente cuatro riesgos que se refuerzan entre sí:
Los planes de beneficio definido tradicionales absorbían todos estos riesgos en el balance del empleador o del Estado. Al migrar a la contribución definida, esos riesgos se transfirieron íntegramente al individuo, que es, por construcción, la peor entidad posible para diversificarlos: no puede mancomunar su mortalidad con nadie.
La literatura actuarial reciente ordena las estrategias en dos grandes familias: las que no involucran una aseguradora y las que sí.
El retiro sistemático es la más conocida: retirar cada año un porcentaje del saldo, sea fijo (la famosa "regla del 4%") o recalculado dinámicamente según la esperanza de vida remanente. El retiro programado mexicano pertenece a esta familia: la Afore divide el saldo entre la esperanza de vida del pensionado y paga esa cantidad, recalculándola cada año. Su virtud es la flexibilidad y la herencia del saldo no consumido; su defecto es que el riesgo de longevidad sigue completamente sobre la persona. Si vive más de lo previsto, el ingreso se agota.
La renta vitalicia inmediata resuelve el problema de raíz: a cambio del saldo, una aseguradora garantiza un pago mensual mientras la persona viva, y absorbe el riesgo de longevidad mediante el mancomunamiento de miles de vidas. En México, la renta vitalicia bajo la Ley 97 la pagan aseguradoras especializadas y se actualiza por inflación en UDIs. Sus limitaciones son conocidas: irreversibilidad, pérdida de liquidez, sensibilidad al nivel de tasas de interés en el momento de la compra y una "prima" implícita por el capital que la aseguradora debe respaldar.
Entre ambos extremos han surgido híbridos: las rentas diferidas de longevidad (compradas a los 65 para empezar a pagar a los 85, que cubren solo la cola de la distribución y por eso son baratas), los beneficios de retiro garantizado de por vida (GLWB) que permiten retirar un porcentaje asegurado sin renunciar al saldo, y los productos de ingreso mancomunado sin garantía, de los que hablamos a continuación.
El tema estrella en la investigación actuarial de 2026 es una idea con más de trescientos años que está renaciendo con matemáticas modernas: los fondos de longevidad mancomunados, a veces llamados tontinas modernas o pooled lifetime income. La mecánica es sencilla de describir. Un grupo de retirados aporta su saldo a un fondo común. Cada año el fondo paga a los sobrevivientes un ingreso calculado con la mortalidad esperada y el rendimiento obtenido. Cuando un miembro fallece, su saldo no consumido no se hereda: se reparte entre los que siguen vivos como un "crédito de mortalidad".
La diferencia con una renta vitalicia es que nadie garantiza nada. Si el grupo vive más de lo esperado o los mercados rinden menos, el pago se ajusta a la baja; si ocurre lo contrario, sube. A cambio de aceptar esa variabilidad, el participante no paga el costo del capital regulatorio ni el margen de la aseguradora, y el producto puede ofrecerse a un precio notablemente menor. El reporte de la SOA sobre evaluación y diseño de estos productos analiza precisamente cómo suavizar los pagos, cómo administrar la volatilidad de inversión y cómo evitar que las fluctuaciones anuales sean tan grandes que el producto pierda sentido para el retirado.
El segundo reporte, sobre heterogeneidad en los fondos de pensión vitalicia, aborda el problema técnico más delicado: los miembros del fondo no son idénticos. Tienen distintas edades, saldos, sexos y expectativas de vida. Si el diseño no lo reconoce, los créditos de mortalidad terminan subsidiando a unos participantes a costa de otros, y el fondo se vuelve injusto o inestable. Distribuir con equidad actuarial en un grupo heterogéneo es exactamente el tipo de problema para el que se formó un actuario.
La decumulación convierte en trabajo diario varias competencias del actuario de pensiones y de vida:
El tema no es ajeno a la región; al contrario, es urgente. Las generaciones que se afiliaron a las Afores a partir de 1997 empezaron a pensionarse bajo el esquema de cuentas individuales, y la reforma de 2020 elevó las aportaciones y redujo las semanas requeridas, pero no cambió el hecho central: al final hay un saldo que debe convertirse en ingreso. En México ya coexisten el retiro programado, la renta vitalicia y la pensión mínima garantizada, y el Fondo de Pensiones para el Bienestar introdujo un complemento con lógica de beneficio definido. Cada una de esas piezas es una decisión de decumulación con consecuencias actuariales.
Chile, Colombia y Perú viven el mismo dilema con variantes. En todos ellos el actuario tiene un espacio natural para diseñar productos híbridos, evaluar la equidad entre cohortes, mitigar el riesgo de comprar una renta vitalicia cuando las tasas están bajas y asesorar a reguladores que todavía tratan la fase de pago como un apéndice de la acumulación.
La profesión resolvió razonablemente bien cómo ahorrar para el retiro. El reto de la década es el otro extremo del ciclo: transformar un saldo finito en un ingreso incierto pero suficiente, sin cargar al individuo con riesgos que no puede diversificar. Los fondos de ingreso mancomunado, las rentas diferidas y las combinaciones inteligentes de instrumentos muestran que hay mucho margen de diseño. Para un estudiante o profesional de actuaría en México, la decumulación es una de las áreas donde más falta hace criterio técnico y donde más impacto social tiene aplicarlo.
¿Te sirvió? Explora más en el blog, lee sobre el riesgo de longevidad y las tablas de mortalidad, o visita el campo de pensiones.