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Modelos catastróficos: cómo el actuario estima la pérdida probable máxima (PML)

Cómo se simulan miles de años de sismos y huracanes para medir el riesgo de cola de una cartera.

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Publicado el 1 de octubre de 2026 · por Act. Francisco Javier Ruiz de la Peña Olea

Un sismo de gran magnitud, un huracán categoría 5 o una inundación extraordinaria pueden ocurrir una vez en décadas, pero una aseguradora tiene que estar preparada para pagarlos este año. Como la experiencia histórica de una sola compañía casi nunca basta para medir estos eventos, la profesión recurre a los modelos catastróficos: simulaciones que combinan ciencia de la Tierra, ingeniería y estadística para estimar cuánto podría perderse y con qué probabilidad. Aquí explicamos cómo funcionan, qué es la pérdida probable máxima (PML) y por qué el actuario es quien traduce esas cifras en primas, reaseguro y capital.

Por qué la experiencia no alcanza

La tarificación tradicional se apoya en la frecuencia y severidad observadas. Ese enfoque funciona bien en riesgos de alta frecuencia, como autos o gastos médicos, pero falla con las catástrofes: los eventos son raros, cada uno es distinto y la cartera expuesta cambia constantemente (más construcción en costas, mayores sumas aseguradas, nuevos códigos de edificación). Treinta años de siniestros pueden no incluir el terremoto que realmente define el riesgo de una cartera en la Ciudad de México o el huracán que golpea de lleno a un polo turístico.

La respuesta, desarrollada desde finales de los años ochenta y hoy estándar en la industria, es sustituir la historia observada por miles de años de historia simulada. En lugar de preguntar “¿cuánto perdimos?”, el modelo pregunta “¿cuánto podríamos perder ante todos los eventos físicamente plausibles?”.

Los cuatro módulos de un modelo catastrófico

Aunque cada proveedor tiene su propia implementación, prácticamente todos los modelos comparten una arquitectura en cuatro piezas:

Los tres primeros módulos son territorio de sismólogos, meteorólogos e ingenieros. El cuarto, y sobre todo la lectura de los resultados, es donde el actuario aporta su ventaja: entiende cómo las condiciones contractuales cambian la distribución de pérdidas y cómo esa distribución se conecta con el precio y la solvencia.

La curva de excedencia y la PML

El producto central de un modelo catastrófico es la curva de probabilidad de excedencia (curva EP), que indica la probabilidad anual de que las pérdidas superen cada monto. De ella se derivan dos versiones que conviene no confundir:

La PML es simplemente un punto de esa curva expresado como periodo de retorno. Una “PML a 200 años” es la pérdida con probabilidad anual de excedencia de 0.5%; una a 250 años corresponde a 0.4%. No significa que el evento ocurra cada 200 años, sino que cada año existe esa probabilidad de que suceda.

Del mismo catálogo se obtiene también la pérdida anual esperada (AAL, por sus siglas en inglés), que es el promedio de pérdidas de todos los años simulados. La AAL es el punto de partida de la prima pura catastrófica; la cola de la curva, en cambio, determina cuánto reaseguro comprar y cuánto capital retener.

Del modelo a las decisiones

Tarificación

La prima técnica de la cobertura catastrófica suele construirse como AAL más una carga por el costo del capital necesario para soportar la volatilidad de la cola. Dos inmuebles con la misma AAL pueden merecer primas distintas si uno contribuye mucho más a la PML de la cartera, por ejemplo por estar en una zona donde la compañía ya tiene una alta concentración.

Reaseguro

Las curvas EP permiten diseñar programas de exceso de pérdida: dónde colocar la retención, cuántas capas comprar y hasta qué periodo de retorno proteger. También son el lenguaje común con reaseguradores y con el mercado de capitales, incluidos los bonos catastróficos.

Capital y regulación

Los marcos de solvencia basados en riesgo usan la cola de la distribución para fijar requerimientos de capital. En México, la regulación de la CNSF exige a las aseguradoras que operan riesgos de terremoto y de huracán y otros riesgos hidrometeorológicos calcular su PML con la metodología y los sistemas que la propia autoridad determina, constituir reservas de riesgos catastróficos y considerar estos riesgos en su requerimiento de capital de solvencia. Es un ejemplo claro de cómo la modelación catastrófica dejó de ser una herramienta opcional para convertirse en una obligación regulatoria.

Incertidumbre: lo que el modelo no dice

Un error frecuente es tratar la salida del modelo como un dato exacto. Las asociaciones actuariales insisten en que es una estimación con varias capas de incertidumbre:

Por eso es buena práctica comparar varios modelos o versiones, documentar los ajustes y realizar pruebas de sensibilidad. Las Normas Internacionales de Práctica Actuarial (ISAP) promovidas por la IAA, en particular las referidas al uso de modelos, piden precisamente que el actuario entienda las limitaciones del modelo, valide su razonabilidad y comunique la incertidumbre a quien toma las decisiones.

Nuevas fronteras: clima, modelos abiertos y catástrofes de responsabilidad civil

Tres tendencias están cambiando la disciplina. La primera es el cambio climático: los catálogos calibrados con el pasado pueden no representar el clima actual ni el futuro, y la CAS ha publicado investigación reciente sobre cómo el calentamiento modifica la actividad de tifones en el Pacífico occidental, mientras que la IAA ha impulsado documentos sobre escenarios climáticos para aseguradoras. La segunda es el auge de los modelos de código abierto, útiles para peligros emergentes o mercados donde no existen modelos comerciales maduros, algo relevante para buena parte de América Latina. La tercera es la extensión del concepto a las catástrofes de responsabilidad civil (casualty cat): eventos en los que una misma causa —un producto defectuoso, una sustancia o un incidente cibernético— genera reclamaciones en muchas pólizas a la vez, y que la CAS ha comenzado a abordar con enfoques estocásticos propios.

Qué significa para el actuario en México y Latinoamérica

La región está expuesta a sismos, huracanes en dos océanos, inundaciones y sequías, y al mismo tiempo tiene una brecha de protección elevada. Eso abre espacio para actuarios que dominen la modelación catastrófica en aseguradoras, reaseguradoras, corredores y gobiernos. Para prepararse conviene:

Conclusión

Los modelos catastróficos convirtieron eventos “impredecibles” en distribuciones que pueden tarificarse, reasegurarse y capitalizarse. Pero su valor depende de quien los interpreta: el actuario que conoce sus supuestos, cuestiona sus resultados y explica con claridad qué significa una PML a 200 años para el consejo de administración. En un país sísmico y expuesto a huracanes como México, esa capacidad es parte esencial de la estabilidad del sector asegurador.

Fuentes

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