Publicado el 16 de julio de 2026 · por Act. Francisco Javier Ruiz de la Peña Olea
Que cada generación viva más que la anterior es uno de los grandes logros de la salud pública moderna. Pero lo que para una familia es una buena noticia, para un fondo de pensiones, una aseguradora de rentas vitalicias o un sistema de seguridad social es también un compromiso financiero que se alarga. Ese es el corazón del riesgo de longevidad, uno de los temas centrales de la agenda de investigación de asociaciones como la SOA y la IAA, y uno de los campos donde el trabajo del actuario resulta más visible.
Conviene distinguir dos niveles. El primero es el riesgo individual: que una persona sobreviva a sus ahorros. Quien se retira a los 65 con recursos calculados para 20 años enfrenta un problema serio si vive 30. El segundo es el riesgo agregado o sistemático: que toda una cohorte viva más de lo proyectado porque la mortalidad mejoró más rápido de lo esperado —por avances médicos, hábitos o condiciones sanitarias—. El riesgo individual se diversifica juntando muchas vidas en un fondo común; el agregado no, porque afecta a todos los asegurados en la misma dirección. Por eso es el que más preocupa a aseguradoras, fondos de pensiones y gobiernos.
La esperanza de vida al nacer en México ronda ya los 75.5 años —cerca de 78 para las mujeres y 73 para los hombres—, y las personas de 60 años y más representan alrededor del 13% de la población, según estimaciones de CONAPO e INEGI. Las proyecciones oficiales anticipan que hacia 2030 los adultos mayores superarán en número a los menores de 15 años, y que hacia 2070 podrían representar más de un tercio de la población.
Un matiz importante: para las pensiones lo relevante no es la esperanza de vida al nacer —muy sensible a la mortalidad infantil—, sino la esperanza de vida a la edad de retiro. Quien llega a los 65 años en México puede esperar vivir, en promedio, bastante más allá de los 80. Cada pensión vitalicia debe financiarse durante todo ese horizonte.
La herramienta básica es la tabla de mortalidad, que resume la probabilidad de fallecer a cada edad. Pero una tabla estática ya no basta: si la mortalidad mejora año con año, usar la experiencia del pasado subestima cuánto vivirán los pensionados del futuro. La respuesta técnica tiene tres piezas:
En México, las valuaciones utilizan tablas como las EMSSA (Experiencia Mexicana de Seguridad Social) y las tablas regulatorias que fija la CNSF para el sector asegurador, cada vez con mayor uso de enfoques generacionales en pasivos de largo plazo.
El efecto financiero es directo. En un plan de beneficio definido o en una renta vitalicia, subestimar la longevidad significa reservar de menos: como regla práctica del mercado, cada año adicional de esperanza de vida puede elevar el pasivo pensionario en varios puntos porcentuales. Sobre pasivos que se miden en miles de millones, el error se vuelve material.
El riesgo toca a casi todos los actores del sistema mexicano:
A nivel internacional ha crecido un mercado de transferencia de riesgo de longevidad: operaciones como buy-ins, buy-outs y swaps de longevidad, en las que fondos de pensiones ceden ese riesgo a aseguradoras y reaseguradoras. Es un área donde actuaría, inversiones y reaseguro se encuentran.
La agenda internacional está activa. El programa de investigación estratégica de mortalidad y longevidad de la SOA estudia, entre otros temas, cómo la prevalencia de obesidad y los nuevos medicamentos —como los agonistas GLP-1— podrían alterar las trayectorias futuras de mortalidad, además de documentar las brechas de longevidad por nivel socioeconómico. Por su parte, la IAA ha analizado la determinación de las edades de retiro y elegibilidad, incluida la discusión sobre indexar la edad de jubilación a la esperanza de vida, como ya hacen varios países europeos: si vivimos más, ¿debería moverse automáticamente la edad de retiro?
Para el lector en México y Latinoamérica: la discusión no es abstracta. La región envejece a un ritmo mayor que el que tuvieron los países desarrollados, con sistemas de pensiones aún en maduración y una brecha de género relevante: las mujeres viven más años, pero suelen cotizar menos. Diseñar respuestas a esa combinación es, en gran medida, trabajo actuarial.
Para quien estudia o ejerce la actuaría, la longevidad es de los campos con mayor proyección: exige dominar modelos de mortalidad, estadística y finanzas de largo plazo, y conecta directamente con políticas públicas, seguros y pensiones. Vivir más es una conquista; que sea también una vejez financiable es, en buena parte, tarea de los actuarios.
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